Y es que, la extraño…

Simple, fugaz, equivocado.

En un cruce de miradas de esos que te enfría el estómago, siento algo que tenía tiempo sin saber que era. Con ese “no sé qué”, lleno de miedos de dejar una mala primera impresión. Entre una cosa y otra nos hicimos amigos, demostraciones de afecto que confunden a cualquiera, hecho común, aunque no suelo expresarlo fácilmente, hubo una excepción. Pero no todavía, la parte bonita que me sacó sonrisas aún no está escrita.

Siguieron los abrazos virtuales y mi respiración sostenida en los encuentros casuales, más de una persona diría que el panorama estaba claro (y de manera positiva). Así que, luego de pensarlo un poco, lo dije, y me fui de bruces. ¿Era preferible la duda? Quizás. No hubo respuesta. ¿Sería mejor una sacudida rotunda? ¿Estaba preparado para una respuesta positiva? Cada hora me pregunto lo mismo y sólo hay más nubes grises en ésta tormenta.

Se acabaron los buenos días, se esfumaron los esfuerzos por escribir, preguntar y saber uno del otro. No puedo actuar de otra manera. Ante la ausencia en todos sus ámbitos, no es cómodo hablarle a la pared que no responde. Duele, duele que algo sea así de fugaz,  a veces la sinceridad te juega una mala pasada y no hay Edición – Deshacer.

Pero que drama en estas líneas… Ellas me ayudan a llenar esos espacios que se vaciaron nuevamente.

No quería esperar y luego de mucho, ser el pañuelo, el hombro, y escuchar lo maravilloso que es otra persona y lo que hizo para conquistarla. No sería yo quien pondría su sonrisa hacia afuera y la tristeza por dentro. Era algo que más temprano que tarde diría y seguramente no esperé el mejor momento ni la mejor forma. Lo cierto es que la extraño, conversar cualquier tontería era divertido, las risas hasta quedarnos dormidos, y al pasar la noche, la despedida con el saludo del día que ya comenzaba.

Ahora toda esa simplicidad se ha ido. Fueron días para estar alegre, sin pensar que serían fugaces.
Me he equivocado.

Lo que haré esta noche

Podría revisar tus mensajes una y otra vez, leer un millón de veces lo que dices entre líneas, lo que no te atreves a confesar pues en el pasado hiciste una mala jugada. Podría recordarte lo bien que la pasamos cuando se puede, o recurrir a tus gritos silenciosos para tragar tus lágrimas por ti.

Sería capaz de sacarte de mis pensamientos para traerte a la realidad. Y así, como siempre salir de la tempestad en la cual estamos cada uno por su lado… Pero tú no quieres, no te atreves a ver el otro lado del camino, de la balanza. Entonces seguirás estancada ahí, entre tus canciones y dilemas. Disculpas e historias donde nunca ganas nada y solo pierdes…

Y continúas intentando entender lo que paso, lo que te hicieron, para solo terminar más confundida que antes, pensando en tu final feliz. Como si -le- importara que ahora te sientes perdida. Podría escribir toda la madrugada, escribirte y describir cada minuto que paso aun recordando como hice para sacarte una vez, pero confundiría el pasado con lo que pasó, y el presente con lo que tenemos.

No otra vez, no regreses así de nuevo si no es a mi modo.

Sólo Conduce…

Mientras esperaba desesperadamente en aquél semáforo eterno, miles de ideas cruzaban mi cabeza. Tal vez lo normal, lo de siempre, los de siempre… las de siempre. X/Y razones, nombrados motivos. El Hecho: algo sucedía fuera de lo normal. ¿Sería la impresión causada por el convoy del GN que pasó en frente de mí a la par de la lluvia que empañaba los vidrios? ¿O la misma incertidumbre que anda rondando por aquí, por mi mente?

Ella decía: Mantén la calma, mientras el daba un mordisco a su barra crujiente sin poder disimular la tensión en sus ojos. En cuestión de pocos segundos todo se nubló, reaparecieron los fantasmas, las fechas, las cartas, las canciones… las estúpidas palabras, las respuestas de siempre, la dirección equivocada, la nota prohibida y la mancha de sangre que marcaba el fin de lo que llamaba «pureza»

Todo se convirtió en ese: «Ver la vida en un segundo…» es cierto, ocurre… ¡Diablos! y empecé a empacar para mi partida, donde no hubo despedidas, besos o abrazos que podían esperarse al cruzar las miradas entre unos cuantos. El «Slow Motion» cerebral estaba ya activo, seguro por unas funciones biológicas de esas que nunca me importaron, pero bien definidas -si ya conocemos a la maestra- tienen su explicación más que lógica. El sólo de Frusciante se extendía por cada zona de mi cerebro, como ignorar semejante pieza… Lost in the valley Without my horses No one can tell me What my remorse is… podría repetirla con los ojos cerrados, sin respiración, perdiendo el poco aire que aquellos escombros sobre mi hacían salir.

Ya no hablábamos, sobrevivíamos mas bien… y con su mirada me dijo: «Sólo conduce»… vaya sorpresa al darnos cuenta que había sido inútil, recorrer aquel camino incierto, lleno de obstáculos que algunos superamos sin importar lo que viniera, para caer en el circulo vicioso en el que se convirtió éste viaje, esta tonta escapada. Huida al comienzo de la nada, sin expectativas para ella. Porque no existe, y yo cuento la historia de algo que jamás -espero- entender por qué sucedió. Descansa en paz.

300 minutos

Unas horas, muchos minutos, más bien poco tiempo. Un rato con los panas, con los amigos, la compañera de tragos y el loco de media vida. Pensando en dejar de pensar, en lo que se perdió por una estupidez, en el texto que quedó en nada por una niñería. O sólo seguir sus instintos pubertos de venganza sea cual sea la vía, es humano; reaccionar y actuar sin pensar creyendo comerse al mundo.

Van y vienen tragos entre frases de buenos y malos recuerdos, con o sin los presentes los hechos son los mismos, cada quien con sus obsesiones, su pasado… todo normal. Intentando pensar en las consecuencias de esa noche, el permiso, la negación… más whisky se derramaba entre sus dedos, ya las conversaciones eran adornos de la noche mientras llegaba la madrugada. Sin importar los compromisos seguían corriendo los minutos, ni ella ni yo. Ni nadie; podría decirse que hasta él estaba en su mundo hablando con su pasado, recordando esos ratos inocentes.

Como siempre, la risa de protagonista. Apagando los flashes, atenuando las luces, recorriendo el camino, haciéndolo más corto llevando las ansias a mil. Sólo habían pasado veinte minutos, esas ganas no eran normales, eran animales y pasó lo que pasó. ¿Cuánto tiempo esperando ese “no” tan sumiso?, una negativa que gritaba “SI”… y Así fueron las cosas.

Por el otro lado ellos conversaban sobre la burla; la de ésa chica que hacía todo por llamar la atención, la misma fémina que solía soñar, -no digamos con quién- y en dos días consiguió a su mejor amiga, su lazarillo, su cabrona. Más sin saber que era de nuevo un objeto. Hace algunas semanas, el juguete de él… y ahora el de ella. Sabes, utilizándola para que alguien invirtiera en las dos. ¡Que bajo cayeron!

Diablos: ¿a quién le importa?, ¿a quién le importan?, ¿a quién el importas?,…. ¿A quién le importo? Arriesgar sólo para disfrutar, y lograrlo… Excelente punto. ¡Lo hice!

Pero aún quedan minutos, las llaves y el licor. Sigamos seduciéndonos como hace dos párrafos, la tarjeta resuelve. Ambos bien claros, no dejaré de pensar en ese libro, en esa lluvia, la camisa azul contra la beige: Gran dilema ¿Y qué? Claro… Claro… 95 Octanos borraron esa sonrisa, y ese nombre gringo no es gran verga al traducirlo.

¿Y ahora qué? Te preguntaste a ti misma, sin saber contestar volviste al comienzo, solo lograste correr mas no huir, no es raro ver esos asuntos sin terminar en tu vida. Julio… ¿Julio? Es un mes, del cual no quiero hablar porque me grita un nombre. No me hunde a mí pero si a alguien más… esperará sus meses a ver si todo resulta según lo planeado…

Y nos vemos por la acera, no más semáforos por un tiempo. Se acabaron nuestras cinco horas.

(4) Cuatro

Luego de los tres anteriores, de la conversación dividida en forma de trilogía. Trilogía del error. Paradójicamente, convertida en monologo… Y nadie dijo nada nuevamente. Seguía suponiendo todo, tratando de ignorar los hechos para no aceptar la situación. Todo en silencio y a la vez oculto en palabras bonitas que se las llevo el tiempo y la voluntad del titiritero. Porque no hubo valor para asumir que todo era un juego. ¡Haberlo dicho antes! Puede participar de esa forma. Pero tal vez al comienzo o al final si quería arriesgarse, es algo que quisiera creer. Ya sucedió una vez, pero las reglas estaban claras.

Nadie se extrañaba o decía hacerlo. Nadie era la meta del otro ni mucho menos prometía intentar sostener una relación. Tampoco hacia montajes de records ni se enamoraba en la distancia… No se hacían planes ni escapes, aunque por teléfono las horas pasaban rápido entre visita y salida se pasaba bien. Era una aventura clara. Nadie se escudó en excusas. Era si, o no. Punto. Esta vez no fue así, fue todo lo contrario en cada oración. De un momento a otro, dos días, la frase «no te dejes confundir» fue devastada y convertida en el final. Yo nunca me confundí…

Luego fue «el aburrimiento» la respuesta para el fin, el cansancio de la rutina… ¿Quién lo hizo rutina? ¿Serían acaso las mismas respuestas para todo? ¿La selección aleatoria de los «Hoy no porque…»? o el pensar en el último recurso, dentro de unos días veremos qué pasa… (?) ¿Que presión, que amarre cercenaba la libertad? No hubo respuesta allí estaba como siempre interrumpiendo.

Es cierto, seguro no es eterno pero no fue un mundo inventado sólo por mí. Mientras las cosas no estaban bien, al menos estaban y la espera era con el fin de ver si se podía o no. No llegó ese momento, otro final prematuro. ¡Corre! Cuando pregunté si era mentira, escuché que no. ¿Y ahora? Nada tiene explicación, otra vez.

Déjame entrar al infierno

Sólo déjame, sin hacer más preguntas, sin decir que no puedo hacerlo; será una visita. Como todas las noches cuando me acuesto, como todos los días que paso ahí, como cuando el rechazo me obliga a cobijarme dentro. Sin excusas, sin fotos bonitas, sin olor a flores, sin un abrazo… sin esperanzas, sólo la de pasar las horas en mi cuarto, en mi infierno.

Allí voy cuando la palabra hogar pierde el sentido. Cuando el afecto se ha desvanecido. Cuando la música no hace estallar mi cabeza, y los gritos me sofocan, se consumen mis nervios y el calor me mata lentamente. Cuando estoy afónico por no decir nada, por no llorar cuando quiero, por no insultar a quienes amo, por no abofetear a quienes hoy odio y hacen que me odie.

Es tan esencial para mí como el agua que ya no bebo, los medicamentos que detesto y ésta pluma con la que escribo. Es tan todo y tan nada que es el espacio digno de añorar, de cuidar, de extrañar si se está lejos. Es tan todo y tan nada que cuando lo pienso, solo quiero destruirlo, acabarlo, sacarlo de éste mundo patético y negro. Porque ya nada es gris, ni mucho menos rosado… estando en mi infierno.

Hoy quiero entrar a mi infierno para no tragarme más. Para extrañar con todas mis fuerzas, para golpear tan duro como pueda, para gritar mordiéndome la lengua, para quejarme, para lamentarme, para llorar a alguien, para insultar al creador y blasfemar sobre ‘Dios’. Para mearme en tu cara y escupir sobre tu cuerpo. Pisar la lápida de otra persona y reírme de su destino.

Para hacer lo que tú haces, lo que no haces, lo que no hago. Lo que yo hago. Para callarte la boca por las mismas estupideces, para golpearte, azotarte, guindarte del cuello, hacer arder tu cuerpo, sentir el gas inflamable que hace a tu piel verse al rojo vivo. Para eso y mucho más entro a mi infierno, que así sea en mi mente es sólo mío. Impenetrable lugar, lo que entra no regresa, se queda o lo destruyo.

Paradójicamente: lo amo, lo respeto. Lo odio y detesto. Pero es mi espacio, como el metro cuadrado en donde estoy de pie. Así que ambos convivimos. Porque es mi infierno, es mi habitación. Déjame entrar al infierno, mi infierno.