Ella…

Escondido en una sinfonía

Sentado, buscando respuestas a mis inquietudes veo pasar mil y un oportunidades que en otro momento tal vez aprovecharía. Pienso tantos “¿por qué?”, que a los pocos minutos pierde sentido la frase. En todo este rollo mantengo un monólogo que carece de lógica… Pienso en algo, pienso en alguien; cito parte de una estrofa que dice: La respuesta necesaria vive en ti. Y… Trato de encontrarla tras varios intentos que sólo han agotado mi mente, me doy por vencido y consigo algo… Mis sentidos se conforman pero no así­ mi cuerpo, ya estoy cansado y entonces, obedeciendo mi instinto, busco conformarme con mi más reciente hallazgo.

Me domina, me calma, hace que todo esté bien! Ella es la solución a todo. Me siento seguro, miro a los lados y han desaparecido las paredes y obstáculos que detienen mi caminar. Cuatro minutos han pasado desde que la sentí­ susurrarme al oído, aún la tengo muy cerca y me ha sacado de la monotonía habitual que se ha vuelto más que mi sombra, mi cruz.

Voy siguiendo cuidadosamente la historia que me cuenta. Suspiro y percibo algo único. Somos uno los dos: ella me pertenece y es recíproco porque yo también me uno a su sentido, su dolor y voy por el camino que intenta mostrarme con su melodía.

Sutil y ruda se muestra ante mí, su sola presencia me deja estático por segundos. Son tantos cambios que sufro a su lado que no me doy cuenta el correr de los segundos. Quisiera detener este reloj de arena que con cada grano que baja agota los minutos que vivo con ella… Paso el tiempo y se acabó la canción. Despierto del mundo perfecto y voy a lo real… Ya se esfumó lo bueno. A pesar que estuvimos tan bien, ella sólo era un conjunto de instrumentos y lírica bien mezclados configurando para mi sentido auditivo una armoní­a de sonidos.

Gracias por existir. Esos cinco minutos lo tuve todo y nada a la vez, estuve contigo y fui libre.

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